Amantes al azar
Santiago Espinosa de los Monteros
Ante la exposición AMANTES se cae en la cuenta de que lo que ahora tenemos ante nosotros es una nueva entelequia con rasgos propios, personalidad y singularidad determinadas muy diferentes a lo que no conocimos antes de que su autor, Ulises González (La Habana, Cuba, 1963), las despojara para siempre de sus rasgos originales. Me refiero a las mujeres que ocupan su pintura y la habitan desde una discreción casi monástica aceptando que aquellas referencias que antes las conformaban, fuesen omitidas en aras de una relación intensa y plena. Ellas son, seguramente, las amantes…
Todo cuanto sucede dentro del espacio ocupado por la pintura de Ulises González tiene una precisa, exacta razón por la cual está ahí. Me enfrento a sus retratos de mujeres a las que ha tapado el rostro. Todas son ellas mismas, tan coquetas y ocultas; tapada su identidad son ahora más la flor que añoran o la pena que cargan en forma de agresivos rayones de lápiz sobre sus ojos.
Es cierto que una de las maneras más socorridas de abordar el asunto de la identidad en el arte contemporáneo, ha sido justamente el deformar los signos más reveladores de aquel de quien se pretende ocultar su identidad. Eso le fue sencillo a los departamentos de policía que bloqueaban en las fotografías los ojos del infractor con un rectángulo negro, o a las televisoras que sobre las caras de los delincuentes o testigos ubican una zona desenfocada que impide ver con precisión sus facciones. Las emisoras de radio deforman las voces para hacerlas irreconocibles.
Pero todos esos seres se han quedado así, ocultos, son los que nunca conoceremos a cabalidad. No tienen más presencia ante nosotros que esos otros que fueron y no esos nuevos que son ahora. Ya vemos que lo importante no es ocultarles sino otorgarles nuevo ser. Lo significativo es no esa simple deformación, sino que al hacerlo se diga algo de esa persona encubierta, como es el caso de la historia completa y redondeada que nos cuentan piezas como Camelia, Eclipse, Un retrato al azahar, Magnolia y Margarita donde los personajes más que silenciados han sido transmutados. Al hacerlo, al intentar mudar ante nuestros ojos las facciones que dan la apariencia a alguien, se crea simultáneamente un nuevo ente, una nueva unidad con personalidad autónoma de la anterior que, por lo demás, nunca pudimos conocer antes de esa alteración.
Creo que este es uno de los asuntos vertebrales en la pintura de Ulises González: al acceder a ubicar frente a los personajes algunos de los recursos antes utilizados para sencillamente ocultarle, les otorga ahora nueva vida y personalidad, denunciando a un tiempo aquello que, a la distancia, vemos como parte integral y personalísima de cada una de las piezas.
Ya lo hizo antes con las lágrimas de sangre que salían del rostro de un bebé, o en el jugo rojo que salía de una naranja herida. De alguna manera y en otro terreno, lo hizo también con el dedo cortado que gritaba desde su nombramiento: Acúsame. Y es que este juego perspicaz entre lo nombrado y lo renombrado dan a su trabajo uno de los caracteres más singularmente poderosos haciéndonos mirar obras que lanzan nuestras posibilidades de lectura en vertientes que corren hacia muy diversas direcciones aunque todas ellas partiendo de una misma propuesta.
Es el caso de la serie de los Kisses en donde Ulises González juega también con el nombre del conocido chocolate y, más allá de la simple semántica verbal, aborda también la simbólica ubicando en su pintura al propio chocolate con su envoltura en papel plateado -a la que también oscurece según el propósito de la obra-, y la delgada etiqueta en la parte superior a la que ha sustituido la palabra Kisses por “Besos” o “Beso negro” (texto en un cuadro fuera de exposición).
Pero ejemplos importantes de esto se centran más en piezas tridimensionales como Pescando amores en donde los Kisses son mucho más que los únicos representantes del amor. Sería sencilla la transmutación de títulos y una elemental sustitución de los nombres de los chocolates como objetos que pudiesen representar algo más que la golosina. La red, esa malla plateada y esbelta, elegante llegando desde arriba y feroz y tierna mientras tiene dentro de sí a sus presas / besos, es a no dudarlo ese cuerpo de añoranza que de manera generosa nos muestra su interior y nos convida de su propio disfrute.
El beso, obra de 1996, es probablemente el antecedente más directo de esta serie de Kisses que ha llegado incluso a tener su “nieto” en piezas como Besos caídos (monólogo) de 2001. En ella, una gran boca, como otrora la encendida de varios años atrás, muestra sus dientes en un acto de mayor apertura de los labios (en el sentido literal y en el evocativo), mientras brotan kisses rojos que ruedan por los suelos ocupando buena parte de la sala.
Y vemos ahora sólo la boca, como en otras ocasiones únicamente el cabello o el contorno de un rostro. No podía ser de otra forma. Se trata de amantes, de personajes cuya identidad socialmente se ha ocultado para proteger a los protagonistas. Amar aún está prohibido. Amante es el culpable, los amorosos deben cubrir públicamente sus identidades para entregarlas a pAlenitud en privado, de manera secreta y que no por ello menos intensa y plena. Para que esta totalidad se cumpla, bastan las horas sociales de discreción compartida a cambio de las menos copiosas pero lúdicas y eróticamente dolorosas de la privacidad.
Seamos claros: un retrato al azahar no es en realidad azaroso. Cuando Ulises González nos pone frente a su obra comparte aquellos momentos íntimos que él ha seleccionado para renombrar a personajes y situaciones cuya identidad ha sido no cubierta ni escondida sino transmutada y reformada. Nos toca entender más que esa alteración, esa mudanza de nombre y rol, de rostro y actitud, de lo renombrado innombrable.
Un cuerpo ha sido cubierto de besos; un rostro es tapado por un Kiss de dimensiones descomunales; una red salva en un mar de rosas a los “amores” envueltos en papel plateado. Hay una iconografía de la seducción ocupada de lleno por flores, encajes, tocados y obsequios voluntariosamente kitsch. Un vestido enorme hecho con plata que a sus pies tenía espejos nos reflejaba en escorzo del mismo modo en el que nosotros mirábamos la pieza. ¿Cómo seremos vistos por estas nuevas obras de Ulises González? Seguramente hemos sido sorprendidos en nuestra pública manera de ocultarnos. Somos todos los amantes discretos que a la luz conservamos un rostro con facciones y momentos reconocibles. En la intimidad, hemos decidido darle otro nombre a las cosas. Como amantes sorprendidos, apenas y atinamos a mirar lo que nos descubre, revela y vuelve a dar un nuevo nombre.
México, D.F. octubre del 2001