Las fantasías del deseo
Por Edgardo Ganado Kim

La obra de Ulises González (La Habana, 1963) se caracteriza por la utilización de una iconografía a todas luces sensual y erótica en donde sus propias experiencias son el tema principal. El dolor, como una vía legitima y válida de placer, es expresado en muchas de las pinturas producidas en otros tiempos por este artista cubano: rosas sangrando, secciones de cuerpos que se nos presentan evocativas y cachondas, al mismo tiempo que laceradas o violentadas; naranjas dolientes, corazones como alimento, y niños que lloran o parecen sudar sangre frente a un fondo florido.

Todas sus imágenes se encuentran cargadas de una evidente dosis de perversidad asumida; podríamos decir una intimidad mostrada públicamente en donde el artista gusta revelar el juego o el rol sexual de sus personajes como una constante que podría ser para nosotros cotidiana, pero casi siempre escondida.

Su trabajo anterior estaba cargado de una acusada transgresión a los significados tradicionales de algunos iconos cristianos, de la moral burguesa o de imágenes nacionalistas, en particular las cubanas. Echaba mano de la ambigüedad histórica que existe entre el amor carnal, el amor religioso y el amor filial; pero en su trabajo nunca los ha confundido, sino que los ha utilizado como herramienta discursiva que atrae a unos y repele a otros.

En su presente exposición titulada Carne, se nota un gusto por desatender el color y recurrir a la línea, a la mancha y al chorreado para conformar un dibujo libre y directo sobre fondos blancos que lo hacen resaltar. Algunas secciones están trabajadas con hoja de oro arrugada, para recurrir, de algún modo, a los artificios del kitsch que han sido otra constante en el trabajo de este artista.

El cuerpo masculino es casi una obsesión en las pinturas de Ulises. Algunos cuadros están trabajados en violentos escorzos que evidencian secciones corpóreas de marcada provocación sexual. La presente serie de pinturas recurre a la imagen constante de peces dorados o “japoneses” que tienen largas y transparentes colas con movimientos sensuales y pausados. Todo parece ocurrir bajo el agua; el ambiente es una fiesta al hedonismo público que hace resaltar la finalidad sensual de las imágenes.

En Relax, dos grandes peces flanquean las piernas y el cuerpo de un hombre que muestra su masculinidad en el centro de la composición. En esta obra lo importante es apelar a los deseos escondidos, explotar las posibilidades de fantasías eróticas que muchas veces nos han sido vedadas.

En Cómplices, el pintor representó a un hombre de perfil en donde sólo vemos unas anchas piernas y protuberantes glúteos. El personaje se encuentra montado sobre un gran pez con el que parece copular; pero a la vez lo podríamos interpretar como un gran falo. Este sentido ambiguo, y hasta juguetón, lo encontramos insistentemente en esta serie de cuadros.

En Caricias, sobre un ancho y musculoso torso, nadan peces que con sus colas acarician la piel del personaje mientras que uno de ellos besa sin recato un pezón.

Las pinturas de Ulises son un planteamiento directo a las posibilidades del placer y goce del cuerpo, el cual, a fin de cuentas, es nuestro único vehículo de satisfacción que tenemos con los demás y con nosotros mismos.

(México, DF, Julio 1998)

 

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